Sin embargo, como criticar a Israel está de moda, muchos se suman a este tren y eligen no ver. No hay diferencias entre Hamás y el Estado Islámico. Ambos quieren imponer su extremismo a toda costa e invierten para la destrucción del distinto, del otro, del que no quiere someterse a su barbarie. Los dos son de origen suní y luchan justificándose con la "Guerra Santa".
Asimismo, en La Carta Fundacional de Hamás se pueden leer cosas como: "Israel existirá y seguirá existiendo hasta que el islam lo aniquile, como antes aniquiló a otros.", o "No existe una solución negociada posible. Yihad es la única respuesta.". Entonces, ¿quién es el agresor?, ¿quién es el que busca la guerra?. Gran parte del problema radica en que en la Franja de Gaza gobiernan los fundamentalistas, quienes tomaron el poder con un golpe de estado en el 2007, y que solo quieren la destrucción del país vecino. Mientras que, en Israel los extremistas carecen de autoridad. Son los menos, y si estos cometieran algún crimen serían condenados por La Justicia del Estado.
En pocas palabras, no se puede estar a favor de los Derechos Humanos, condenar a las dictaduras militares de Argentina y América Latina, y apoyar a un régimen que subió al poder derrocando a otro que fue elegido en las urnas. Es absolutamente contradictorio. Lo mismo ocurre con ser periodista y no reprobar el asesinato del colega James Foley.
Para terminar, el problema no es la religión. Todas quieren la paz, ya sea el islam, el judaísmo o el cristianismo. El inconveniente es la interpretación que algunos fanáticos y/o extremistas le quieran dar. Justificando sus acciones en el nombre de "dios". Medio Oriente es todo y los conflictos en ese lugar tienen consecuencias en los países que lo componen y naturalmente, en sus ciudadanos. Pero por fuera, el resto del mundo tiene hoy un obstáculo mayor: Dejar de mirar solo a un punto para empezar a ver todo el panorama.

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